Lola y Manuel

Si hablamos de Párkinson la mente nos traslada a figuras públicas como el deslenguado boxeador Muhammad Ali o o el irreverente actor Michael J. Fox, pero cuando alguien me refiere esta enfermedad en quien pienso es en mi recordado maestro Miguel V. Vélez, que marchó una nochebuena a predicar su amor por el Ché y su honestidad sin mancha por los cielos laicos, y en mi querida amiga Lola Garzón, directora de la Asociación de Familiares y Enfermos de Párkinson de la Bahía de Cádiz.

Al igual que Miguel celebraba cada catorce de abril el día de la República, cada once de abril recibo una invitación de Lola para vivir con ellos el día Mundial del Párkinson. No pretendo hacer de Plutarco e hilar vidas paralelas entre personas que, además, se conocían y admiraban mutuamente, sino que he querido apoyarme en gente buena que hizo suyo el lema de la asociación: «Su mayor arma, el desaliento. Nuestra mejor defensa, la Unión».

Unión así, en mayúscula, es lo que necesitan no sólo los colectivos que luchan contra enfermedades degenerativas como el Alzheimer, la Fibromialgia, la Esclerosis, la Ataxia de Friedreich o el propio Párkinson, sino las instituciones médicas e investigadoras de las que algunos se acuerdan sólo a la hora de plantar una sonrisa profident en la foto de rigor.

Este 11 de abril de 2017, la asociación que dirige Lola defiende una campaña titulada #empeñadosporelPárkinson en la que se aprecia la gran labor de todas las personas que, día a día, prestan sus esfuerzos para ayudar a los enfermos y a sus sufridos familiares, así como a los que se encierran entre cuatro paredes, como un alquimista de antaño, empeñados en encontrar la cura de esta terrible enfermedad con la que conviven más de veintidós mil familias sólo en Andalucía.

No he conocido gente más luchadora y reivindicadora que Lola y Miguel. La directora -ajena siempre a los cantos de sirena recibidos de la política- ha conseguido mantener y levantar la asociación Bahía de Cádiz con un gran sacrificio personal, proyecto a proyecto, con ese espíritu positivo del que hacía gala Miguel, que siempre me recordaba entre risas que la única profesión que jamás podría tener a causa de su enfermedad era la de ladrón de panderetas.

     Montiel de Arnáiz

Fuente: La Voz de Cádiz