Relato de Gustavo A. López Palomo

INFANCIA

Ya en mi infancia, me difencié de los demás, pues no viví con mis padres, sino con mis tíos. Ella, hermana de mi madre, donde estuve alrededor de los caramelos, tenía una fábrica bajo el nombre de “Caramelos Estrada”.

Detallaremos cómo pude aprender las primeras letras.

Primero:

La miga de “Dolores” en donde aprendí el Padre Nuestro.

Segundo:

Las Esculas Parroquanas en donde aprendí el Cara al Sol (la directora era falangista).

Tercero:

Colegio de Franciscanos, uno o dos meses.

Cuarto:

Señor Montero (Monterito), medio curso. Hubo un problema con este señor, ya que ante mi acusación de que había una ventana sin cristal y ese había sido el motivo de mi neumonía, y cuando me incorporé me dio un bofetón de categoría.

Quinto:

Don Cristóbal Ortega, donde aprendí de todo con la enciclopedia, me preparó para la PRIMERA COMUNIÓN y CONFIRMACIÓN. Aquí también hubo un gran bofetón, pero este fue justificado. Nos lo ganamos tres alumnos, ya que el primero y más preparado hizo la división por tres cifras magnífica y la copiamos el segundo y el tercero. Los nombres de los componentes eran Pepe Riquelme, el autor de la división; Pedrín Calmaestro, primo del anterior y yo.

Sexto:

Don Agustín Rodríguez, donde aprendí todo lo concerniente a Ingreso y Primero de Bachillerato que aprobé en el Instituto de Cabra.

Séptimo:

Me matricularon en el real colegio de Nuestra Señora de la Asunción, internado del Instituto de Enseñanza Media de Córdoba. Esta época fue crucial para mí, pues me preparé a fondo para el examen de estado, que aprobé entre junio y septiembre.

Ya en esta época me diferencié de los demás, pues el internado era muy exigente y había que estudiar a fondo.

ANÉCDOTAS DE ESTA ÉPOCA:

Dormíamos menos que un sereno. No teníamos descanso en la semana, pues teníamos cuatro clases por la mañana y cuatro por la tarde.

Yo fui un jefe de la pandilla en el colegio.

En cierta ocasión nos pusieron de comer unos cardos negros, yo me levanté y, mesa por mesa, fui pidiéndoles a los demás que los rechazaran. Llegó esto a conocimiento de Don Rogelio, secretario del colegio, y no solo lo comieron ellos, sino yo dos platos.

Otra juerga que organicé fue con motivo del estreno del cine del colegio “El puente de Waterloo”, pues solo lo vieron ellos y sus hijos. Nosotros éramos muy pecadores y no podíamos ver cómo una mujer era adúltera.

Y esto son pequeños reflejos de lo que hicimos en el colegio.

JUVENTUD

Terminado el bachillerato y el examen de estado, se inicia mi estancia en Madrid, para el ingreso en la Escuela especial de Ingenieros Aeronáuticos que fue mi primer y gran fracaso, ya que después de cinco años, no aprobé nada.

ESTANCIA EN MADRID

Después de cinco fracasos, estuve dos años dirigiendo la fábrica de caramelos. No pude salvarla de la ruina, mi tío (padre) había liquidado todo el capital con juergas, juegos y haciendo todo en j…

Sin horizonte para levantar el vuelo, se me presentó la oportunidad de ingresar en el Banco Central, había una plaza para diecinueve opositores y gané la plaza. Aquí empieza mi época que, más que larga fue prolongada, en la que empecé a superar el fracaso de mi ocupación en la fábrica.

Me casé en 1960 con una prima, mi amor eterno, y empecé a escalar puestos: oficial primero por capacitación en Osuna y, tras un tiempo como corresponsal del banco en Aguilar de la Frontera, director de Carcabuey y La Rambla. Por fin, en 1968 aterrizo en San Fernando (Cádiz) como director y hasta mi jubilación.

ANÉCDOTAS
Después de trece años en San Fernando, paso a Cádiz de subdirector de zona y, tras haber estado de director de zona en Jaén y Almería, volví a Cádiz, donde, siendo director de zona del Campo de Gibraltar, me llegó la jubilación. En junio de ese año, salta en Cádiz una trampa que afecta a nuestro banco en más de mil millones y de este asunto, Madrid interpreta que yo soy el culpable y me destituyen y me dejan sin trabajo y con menos de la mitad de mis ingresos. A requerimiento del director regional, envío una carta al jefe de personal que ve el error en la tramitación y me rehabilita y me repone como director de zona del Campo de Gibraltar.
Ante mi destitución, representantes sindicales salen en mi defensa e inician unos movimientos que llegan hasta el presidente, “bendito señor Escámez” e interpreta que esto es una rebelión organizada por mí, yo me enteré de esto cuando me lo contaron los sindicatos.
La rehabilitación vino casi al mismo tiempo que la jubilación, y en 1992, me fui a mi casa.

HASTA AQUÍ TODO SE RELACIONA CON MI VIDA PROFESIONAL Y SE INICIA PÁRKINSON

Aquí empiezan mis aventuras con el señor Párkinson.

Se presenta un dolor muy fuerte en el brazo derecho y en la pierna izquierda. Por recomendación del señor Copano, traumatólogo, me efectúan en Sevilla dos electromiogramas que confirman mi temor de tener Párkinson, ya que fui yo el primero en diagnosticarlo.

El primer facultativo que consulté fue el señor Acosta que me puso un tratamiento de Sinemet  para un caballo y, entonces, lo dejé, e inicié mi época zaragozana con consulta del doctor Francisco Javier López del Val, con un cambio como de la noche al día y diez consultas a lo largo de diez años. Ante la carestía de los viajes a Zaragoza, decidí buscar la solución a mi problema en Cádiz, llegando a mi conocimiento el nombre de un neurólogo, especialista en Párkinson, llamado Miguel Moya Molina y su compañero, Raúl Espinosa. Esto dio lugar a que estuve mejor atendido y se hacían frecuentemente cambios en la medicación.

Podría contar muchas cosas buenas de los señores Moya y Espinosa, pero basta con decir que tengo el teléfono privado por si necesitase su ayuda en cualquier momento.

¿Qué podemos decir del Párkinson? Para mí ha sido un hermano malo que no me ha dejado en ningún momento. Lo primero que me aconteció fue que, por consejo del neurólogo, renuncié voluntariamente al carnet de conducir, no estuve en condiciones de asistir a ningún acto lúdico, mi jubilación vino muy ligada al Párkinson. Pero después me alegré, porque con la enfermedad me refugié en el dibujo y la pintura, y a estas alturas entre los que he regalado y los que tengo en mi almacén son más de cien obras.

Soy partidario de una mayor investigación de la enfermedad de Párkinson. No es admisible que una enfermedad que hasta 1960 no se hacen investigaciones a fondo, continúe progresando la cantidad de enfermos de una manera desorbitada. El ver los enfermos recluidos en los centros de atención da pena, pues, hasta ahora, no se les ha atendido y ya ha sido tarde para ellos.

Mi vida profesional se rompió, pero eso no fue motivo para que siguiera trabajando con un amigo hasta que pude conducir, asistiendo a la fundación y engrandecimiento del Banco de Alimentos de Cádiz.

Terminada mi ayuda en el Banco de Alimentos y en unión del actual presidente, Baldomero, iniciamos una asociación digna de los mayores elogios. Económicamente hemos sufrido mucho, pues un centro que iniciamos con diez mil euros de crédito en el Banco Central, hemos llegado hasta un centro de día con treinta enfermos y un presupuesto de más de trescientos mil euros.

Tengo mucha confianza en Dios que no nos abandonará y podremos seguir en constante crecimiento, y eso a pesar de que las ayudas oficiales vienen con cuentagotas.

Y con mi vida quiero demostrar que, a pesar de las enfermedades, todo tiene solución y podemos hacer un esfuerzo para ayudar a los demás. 

Destaco en ayuda recibida las secretarias colaboradoras, mis hijas, así como el apoyo incondicional del resto de mi familia.

Hasta aquí, hemos hablado poco del señor Moya. Sus cualidades y su dedicación y, mucho más, su capacidad de atender a todos los enfermos que encuentra en su quehacer diario. Cada día son más las personas atendidas por lo bien que hablo de él, todos sus enfermos asisten a sus congresos  y conferencias para estar al día en todo lo relacionado con la enfermedad de Párkinson.

Gustavo Alonso López Palomo

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