MEJORAR LA AUTONOMÍA Y AUTOESTIMA DE NUESTROS MAYORES

El grado de dependencia de una persona mayor, esto es, las limitaciones que presenta para realizar sin ayuda una o más tareas básicas de la vida cotidiana, no responde a una fórmula matemática. Aunque la vinculación general entre enfermedad e incapacidad es innegable, su desarrollo depende también de distintos factores que se deben controlar y analizar de manera individual. Algunas personas mayores que padecen el mismo mal que otras se desenvuelven mucho mejor en su vida diaria. En otras ocasiones, personas sin una enfermedad que se pueda considerar generadora de incapacidad presentan una gran dependencia de los demás. Esta pérdida de capacidad funcional de difícil justificación es un fenómeno frecuente que los expertos denominan exceso de incapacidad. El exceso de incapacidad puede definirse como un nivel de funcionamiento de la persona en el desempeño de las actividades necesarias para la vida cotidiana inferior al atribuible a sus condiciones de salud.

Determinados aspectos psicológicos y socioambientales son los responsables de que algunas personas actúen por debajo de su capacidad real. Una parte sustancial de la incapacidad se debe al padecimiento de enfermedades y a otras circunstancias físicas, pero otra parte debe vincularse a factores contextuales, sobre los que se puede intervenir con cierta facilidad, incluso desde la propia familia. Estos factores se refieren de manera fundamental a dos campos:

  • El entorno físico en el que viven las familias.
  • Las actitudes y conductas de las personas cercanas a la persona mayor que pueden favorecer bien su dependencia, bien su autonomía.

Un ambiente físico estimulante, con suficientes ayudas protésicas que conjuguen de manera adecuada la autonomía con la seguridad, contribuye a que las personas mayores tengan un funcionamiento óptimo en sus tareas cotidianas. En este sentido, la adaptación de la vivienda a las características de la persona mayor adquiere una gran relevancia.

 El ambiente social puede favorecer o prevenir la dependencia. Las actitudes y la forma de comportarse de los familiares y el entorno social más próximo ante el deterioro de la salud de las personas de edad avanzada influyen en el grado de autonomía e independencia que muestran.

Las conductas de los familiares que pueden agudizar la dependencia son las siguientes:

  • Con el fin de ayudar a la persona mayor en sus problemas de autonomía, los familiares acometen en ocasiones distintas tareas por ellos. En principio, esta situación es positiva. Sin embargo, no lo es tanto cuando esta sustitución se produce en actividades en las que aún pueden valerse por sí mismos, aunque sea de manera parcial. Por ejemplo, así ocurre cuando la persona mayor puede vestirse, aunque con lentitud y dificultad, y el cuidador lo hace por él o ella para evitarle complicaciones. De este modo no se le da la oportunidad de demostrar su independencia en esta tarea y si este hecho ocurre con frecuencia, es posible que acabe perdiendo esa habilidad por desuso.
  • Cuando las personas mayores se consideran independientes para realizar alguna actividad y se valen de sus propios medios, los cuidadores a veces les amonestan o critican por haberse comportado así. Esto ocurre, por ejemplo, cuando el cuidador está realizando otra tarea y la persona mayor se levanta sin ayuda para cambiar de asiento. El cuidador vuelve, se da cuenta y le recrimina por no haberle llamado para que le ayude. En este caso ocurre lo mismo que en el anterior, en el que si bien los familiares “regañan” a los mayores con cariño y lo hacen por su bien, al mismo tiempo impiden que mantengan su grado de independencia.
  • Es habitual que cuando la persona mayor se desenvuelve con autonomía en tareas como vestirse, recoger su habitación, etc. y no demanda ayuda de los demás, suele pasar desapercibida y se ignora su comportamiento autónomo. No se reconoce su esfuerzo. Es frecuente que las conductas que no tienen consecuencias positivas, como ese reconocimiento o elogio de los demás, dejen de realizarse.

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